Después de dos años de aquella tarde en la que me echaron de casa, ayer volví.
Las paredes me arrinconaban haciéndome sentir que no me querían ahí, y tristemente es cierto...ni las paredes ni la gente que habitaba en ésta vieja vivienda adoraban mi presencia.
La ví a ella. No pude entender el terrible desenlace de su vida mientras yacía en un ataúd que no valía ni dos mangos.
La ví y no sentí culpa.
La ví muerta y recordé todo.
Vi en ella al insignificante ser humano, al ser más desagradable que había habitado en la tierra.
Y no sentí culpa.
Supe que había deseado este momento todo el tiempo.
Y tampoco sentí culpa.
Estaba aliviada.
Jamás iba a volver a cargar con ese envenenante peso.
O quizás esta vez era peor.
Pero no sentí culpa,
y estaba aliviada.
Aquella mujer desagradable que una vez hizo que las paredes me odiaran y las llenó de mi sangre,
hoy,
estaba muerta.
Y no sentí culpa.
Sentí el alivio que siente una persona cuando puede vengarse del asesino de un ser querido.
Y ni las paredes apretándome pudieron contra eso:
Me vengué a mí.
La ví muerta y reí.
Y jamás sentí culpa.
domingo, 6 de enero de 2019
Vacaciones Permanentes
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